CXXXI. Melquíades y Los-que-no-leen

El Viajero le hizo caso. Se quedó asombrado. Dentro de la urna sólo había un enorme volumen de tapas doradas.
– Eres un libro.
– ¿Qué esperabas?
– Creía que eras una persona, todos hablan de ti como el Maestro, no podía imaginarme esto.
– Eres el primer ser humano que me ha visto. Debes ser muy valiente si has llegado hasta aquí, nadie se había atrevido a intentarlo.
– Soy forastero y he venido para conocerte.
– Para conocerme debes conocer los preceptos.
– Precisamente de eso quería hablarte, no estoy de acuerdo con ellos, podrían cambiarse.
– Es imposible. Los preceptos son la base de nuestra sociedad.
– Tú los creaste, así que también puedes destruirlos.
– ¿Qué dice el primer precepto?
– ¿Es necesario que lo repita?
– Por favor.
– No poseerás ni leerás, bajo ninguna circunstancia, un solo libro.
– Exacto. El único libro que puede haber en este país soy yo, la gente no los necesita, a través de mis palabras obtienen el conocimiento.
– No dudo de tu inteligencia, ¿pero cómo sabes que tu conocimiento es suficiente para ellos?
– No es suficiente sino total. Yo constituyo una recopilación, una suma, una enciclopedia, no hay nada que escape a mis páginas, lo contengo todo, desde la a a la z, desde la medicina hasta la astronomía, soy el libro por antonomasia, la quintaesencia de todos los que se han escrito, se escriben y se escribirán.
– En mi país han construido recientemente una gran biblioteca, hay miles de volúmenes y papiros que han sido recogidos de cada rincón del mundo conocido, ¿cómo puedes tú reunir todo ese descomunal conocimiento?
– Ya te lo he dicho, soy una enciclopedia.
– Pero no puedes abarcar todo, tu tamaño es limitado, debes de tener unas seiscientas páginas, no cabe ni siquiera una milésima parte de los libros que hay en esa biblioteca.

Continuará

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