CXXXII. Melquíades y Los-que-no-leen

– Veo que no me entiendes.
– Bueno, dejemos aparte este tema, ¿qué me dices de prohibir la lectura? no puedes hacerlo porque sí, es un derecho del individuo, forma parte de su cultura, ningún gobierno debe inmiscuirse en los asuntos personales. He estado en muchos lugares y en ninguno de ellos he observado esa prohibición.
– Leer es malo para las personas.
– Querrás decir para ti.
– Ahora soy yo el que no te entiendo.
– Es una simple cuestión de competencia. El hecho de ser el único libro en este país te garantiza el monopolio del saber y, por extensión, del poder. Si la gente pudiera acceder a otros volúmenes, se olvidaría de ti, te sustituiría, y eso no te interesa en absoluto. La prohibición, y su terrible castigo, es la manera que has escogido para evitar esa situación.
– Eres muy sabio, forastero.
– No es la primera vez que me lo dicen.
– Te voy a explicar mi historia.
– Todos arrastramos una historia.
– Sí, pero seguramente nunca has escuchado una similar. Yo soy el último de una especie, mi país desapareció hace muchos, muchos siglos, cuando vosotros, los humanos, todavía andabais encorvados y apenas podíais emitir unos gruñidos. Éramos la única fuente de conocimiento en el mundo, guardábamos celosamente una sabiduría que se remonta a la noche de los tiempos, nos creíamos inmortales, sin embargo, una extraña enfermedad empezó a matarnos lentamente, nuestras páginas se iban amarilleando y nuestras letras se difuminaban hasta desaparecer, fue espantoso, tuve que presenciar la agonía de cada uno de mis compañeros, entonces, temiendo por mi propia vida, desesperado, traté de descubrir algún remedio, trabajo en vano, no se podía hacer nada, en un momento de genial inspiración, se me ocurrió meterme dentro de una urna, esa fue mi salvación. Permanecí allí no sé cuánto, solo, triste, asustado. Un día alguien encontró la urna. El resto te lo puedes imaginar.
– Es fascinante.
– Te he contado mi secreto, ahora sabes cómo acabar conmigo, estoy totalmente indefenso.
– No pienso hacerte ningún daño.
– ¿No?
– Te doy mi palabra.
– ¿Qué harás entonces?
– Te voy a leer.

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