CXXXIII. Al otro lado

[…] El Gorch Negre (sumidero), en cuyas orillas tristes y silenciosas es fama que celebran el sábado las brujas, en cuyo abismo sin fondo habitan los magos y los hechiceros, de cuyos bordes se exhalan, al decir de algunos, los gritos agudos y plañideros de cien víctimas.
Pau Piferrer y Francesc Pi i Maragall, Recuerdos y bellezas de España

El cielo, que hasta hacía sólo unos minutos había estado brillantemente despejado, comenzó a oscurecerse, nubarrones de un color entre gris y negro avanzaban desde varias montañas, como si pretendieran unirse, al poco un rayo iluminó todo con su fosforescencia de terminaciones nerviosas, mientras tanto continuaban desarrollándose aquellos algodones gigantescos, que no tardarían en descargar millares de gotas de agua, el propio viento se encargó de demostrar esto último, transportando el inconfundible olor a tierra mojada, otro rayo casi seguido por una explosión que hizo temblar las encinas y llegaba la lluvia, al principio tímida, crepitando sobre las hojas, después pareció adquirir la solidez del plomo, y el bosque se volvió irrealmente borroso. Germán decidió que era hora de abandonar aquel peñasco y regresar al campamento.
Cuando entró en la tienda estaba completamente empapado. Sus amigos, Dani y Jordi, tuvieron que dejarle prendas secas y una manta. Aunque se hallaban en primavera, la temperatura era más bien invernal, favorecida en parte por la lluvia. En cuanto se cambió de ropa y apuró un vaso de café de un termo que alguien había traído, se sintió recuperado y fue capaz de hablar sin castañear los dientes. Germán, como excursionista veterano, conocía lo rápido que se forman las tormentas, sin embargo, se había abstraído observando el paisaje –cosa que le sucedía a menudo debido a su carácter– y había sido sorprendido por la violencia de los elementos. De todas maneras, según le comentó Dani, no era el único que se había despistado. Gloria también había salido, de hecho, creían que estaban juntos. Germán contestó que no la había visto en varias horas. La preocupación se dibujó en los rostros de los tres compañeros. Sin decir una sola palabra y, a pesar del chaparrón que caía afuera, salieron corriendo hacia la otra tienda de campaña, la de las chicas. Ágata y Gloria estaban jugando tranquilamente a cartas bajo la luz de un camping gas.

Continuará

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