CXXXIV. Al otro lado

Antes de ir a dormir, se reunieron todos y comentaron sobre un mapa la ruta que iban a hacer al día siguiente. Se hallaban cerca de Gualba, en el macizo del Montseny, una zona agreste y boscosa. Siguiendo una riera podían llegar a enclaves de belleza paradisíaca como el Salt de Gualba o el Gorg Negre, después con el todoterreno podían acercarse hasta Breda y camino de Arbúcies, visitar el legendario castillo de Montsoriu. Dani insistió en que si querían completar el itinerario debían madrugar. Era él quien se encargaba de organizar aquellas excursiones, le encantaba hacerlo y además poseía una minuciosidad que a veces resultaba irritante. Como siempre, los demás estuvieron de acuerdo. Cuando las agujas del reloj rozaban las doce todos estaban metidos en su saco de dormir, descansando para una dura jornada.
Sin embargo aquella noche Germán no pudo conciliar el sueño. Aburrido de revolverse en el saco, pensó que lo mejor era salir a estirar las piernas y tomar un poco el aire. El cielo, completamente despejado -hacía tiempo que la tormenta había pasado– dejaba disfrutar de unainmensa luna llena que lanzaba su luz fantástica sobre el bosque. No hacía mucho frío. ¿Y si iba al Gorg Negre? Lo cierto es que no se hallaba muy lejos, quizá a unos diez minutos caminando. Había escuchado historias sobre aquel lugar y estaba impaciente por verlo con sus propios ojos. Supuso que los otros no le echarían en falta. De manera que comenzó a bordear la riera, atravesando helechos y pisando guijarros. El silencio de la noche apenas era roto por el murmullo del agua que corría. Hasta que creyó escuchar algo. Una sensual melodía que procedía sin duda de gargantas femeninas. ¿Quién estaría cantando? ¿A aquellas horas? ¿Y en aquel rincón apartado? Su curiosidad lo levó hasta la misma poza que buscaba. Se escondió tras la maleza y lo que observó lo dejó totalmente asombrado. Medio sumergidas en aquellas aguas aparecieron las maravillosas figuras de varias mujeres desnudas, peinando sus largos cabellos, que brillaban bajo la luz de la luna. Lo que más le llamó la atención fueron sus ojos, verdísimos, tan verdes como las profundidades cristalinas y musgosas en que se hallaban. Germán estaba hipnotizado por aquellas bellezas que no parecían de este mundo. Aunque una voz a su espalda lo devolvió a la realidad. Se trataba de Gloria. Él ya estaba a punto de hablar cuando ella se puso un índice sobre sus labios y le dirigió una sonrisa de complicidad, mostrando que le entendía, que no tenía que disculparse por sentir lo que sentía, porque realmente se había excitado.

Continuará

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