CXXXV. Al otro lado

Permanecieron completamente callados hasta que aquellas mujeres desaparecieron zambulléndose en la poza. Gloria le preguntó si conocía qué era lo que habían observado. Germán, todavía confuso, contestó que sólo se le ocurría una cosa, pero que no podía ser. Su amiga insistió. Al final él dijo que creía que se trataba de dones d’aigua. Gloria volvió a sonreír – lo cierto es que desde que había regresado de otra excursión al Montseny todos la encontraban un tanto extraña -. Lo que le reveló a continuación sobrepasaba los límites de la imaginación. Germán tenía razón. Se trataba de ese tipo de ninfas de río. Ella las conocía muy bien. Existían desde la más remota antigüedad, cuando los hombres aún no habían abandonado las cavernas, iniciaron la Antigua Religión, centrada en la adoración de la Madre Tierra, que encarna la naturaleza y la fertilidad, con la llegada del Cristianismo la situación cambió radicalmente y estas ninfas o hadas fueron consideradas como brujas, de esta manera fueron perseguidas, acabando casi por completo con estos cultos paganos, casi, porque quedaban algunas personas, como Gloria, que todavía los practicaban. Germán no podía salir de su asombro. Aquellas criaturas que había descubierto en libros de leyendas eran de verdad. Por si esto fuera poco, según le comentó su amiga, procedían de una dimensión paralela. Como se puede suponer, la puerta a ese otro mundo se hallaba en las profundidades del Gorg Negre. Gloria le invitó a cruzarla. Aunque él pensaba en las posibilidades fantásticas de aquel viaje, también sentía cierta inquietud. Esas pozas eran bastante hondas y solían ocultar peligrosos remolinos. Lanzarse sin saber realmente lo que le esperaba era una locura. Ella, observando que no se decidía, se zambulló de cabeza en aquellas aguas verdosas. Germán la llamó en vano. No salía. La duda lo estaba atormentando. Miró la luna llena, inmensa como siempre, y se preguntó por qué no. Su corazón palpitaba como una locomotora. Aspiró tanto aire como pudo y finalmente se lanzó.
Abrió los ojos. No había rastro de su amiga, sólo penumbra. Buceaba con energía, deseando llegar al fondo, para encontrar aquello que cualquiera hubiera creído imposible encontrar. Se sucedían interminablemente los segundos y nada se podía distinguir. Cuando sus pulmones comenzaban a dolerle, creyó ver algo que emanaba una extraña fosforescencia. Sus brazos y piernas se agitaron desesperadamente, sabía que aquella era su única oportunidad, ya no le quedaba oxígeno para regresar. Era una entrada, un círculo de piedra, de un metro de diámetro aproximadamente. Increíble, y sin embargo allí estaba, en el fondo de la poza. A punto de reventar, la atravesó. Cada vez más luminosidad. La superficie estaba muy cerca. Con su último aliento ascendió. Afuera era de día. Germán cayó desmayado por el extraordinario esfuerzo que había realizado.

Continuará

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