CXXXVII. Al otro lado

La luna llena manifestaba un tono rojizo que la otra –la de su lado– no tenía, al menos eso le pareció a Germán. En todo caso era una noche maravillosa, con un cielo plagado de estrellas que titilaban incesantemente. Deseaba encontrar a su amiga, no tanto por el hecho de regresar como para que le presentara a las dones d’aigua. Ella le había dicho que las conocía. Desde que las había visto en la poza se encontraba como enamorado, lo cierto es que no era difícil que cualquier hombre, sobre todo si estaba soltero, sintiese una pasión irresistible hacia aquellos ángeles con cuerpo de mujer. Un inquisidor, pensó Germán divertido, habría afirmado con rotundidad que se trataba de un hechizo. El ruido de unas ramas que se doblaban lo sacó de estos pensamientos. Al principio creyó que se trataba de un animal. Después pudo escuchar unas risas. Sin duda eran femeninas. No dudó en salir corriendo tras ellas. La luz de la luna caía con intensidad sobre el bosque, pero no podía ver a las mujeres que reían. Corría y corría, sin preocuparse por los arañazos que le provocaban los arbustos, impulsado por un vigor inconsciente. Lo más curioso es que las risas sonaban a su alrededor, muy cerca. ¿Podían hacerse invisibles aquellos seres? Tampoco le importaba mucho, lo único que deseaba en aquel momento era volver a verlos, si era necesario atravesaría todo el bosque. No paró hasta que descubrió que estaba dando vueltas. Las ninfas jugaban con él. No se hallaba enfadado, pero era evidente que aquello no le divertía. Así que se le ocurrió dirigirse a ellas, diciéndoles que hiciesen el favor de mostrarse e indicarle si conocían el paradero de su amiga. No hubo respuesta. Pensó que la cosa estaba yendo demasiado lejos. Se encontraba en una dimensión desconocida, con Gloria supuestamente perdida y, por si fuera poco, él mismo no sabía cómo regresar a la puerta, ya que después de tantas vueltas por aquel maldito bosque su sentido de la orientación no era el de siempre. Comenzaba a sentir cansancio, y también hambre. Quizá tendría que echar mano de lo que había leído en un manual de supervivencia. De momento debía continuar buscando a su amiga. Sus pasos lo llevaron hasta un valle. Divisó unas luces que parecían producidas por fuego. Allí tenía que haber alguien. Al poco se dio cuenta de que había una iglesia. Se encontraba en un estado ruinoso, sus piedras revelaban el transcurso de los siglos, la hiedra trepaba por sus muros. Una enorme puerta de madera casi carcomida se alzaba en el arco de la entrada. Germán empujó con toda sus fuerzas y los goznes rechinaron lúgubremente.

Continuará

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