Días azules

Sábanas como lápidas.

Duermen todas las agujas, entre mermelada,

acaso la relatividad,

un aire

de paciente que no lo es,

de anestesia descomunal y perversa,

de evasiones hacia dentro,

de larva

horriblemente simétrica

que corrompe cualquier movimiento.

Las persianas,

siempre opacas y silenciosas,

son testimonio

de estos días que se prolongan sin compasión,

odisea invisible.

 

Cada cucharada de café

se convierte en la página de una autobiografía.

Los cielos enlutados

resultan ahora tiernamente agradables,

incluso si lloviera,

sería una rendición para recordar,

qué hermoso

un náufrago atravesado por miles

de minúsculas y tenaces gotas,

un espectáculo.

La voluntad se desvanece

como el vapor de una taza reciente,

no existen ya causas

ni finalidades,

alguien ha inventado un limbo.

 

Esta larva, cuyo color es siempre azul,

posee muchos máscaras,

demonios que han de ser vomitados,

no importa la manera.

Se alimenta de imposibles,

de circunstancias agridulces,

de climas,

de filosofías viciadas y lentas

que confunden,

rechaza límites, crea devastaciones como si nada.

Aparece el voyeur.

Páginas que se repiten melancólicamente,

la mano

se resiste a la variación,

sólo un tema horrible.

 

De El viajero

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