Exilio de las Musas

Hace siete eclipses y siete movimientos
comprendí como nunca he comprendido,
silenciosamente, desde los ojos de un demiurgo,
el curso de una derrota.
Fabricada de banales agujeros negros
con voracidad cotidiana,
de mundos en potencia retorcidos o fragmentados,
de tragedias escritas en hojas blancas
que descubren insoportables argumentos aleatorios,
de devastaciones que nacen de la impotencia,
de piezas absurdamente perdidas
condenando un puzzle a la imperfección,
de rumbo en progresión geométrica
sin posibilidad de retorno,
de variaciones sobre el tema de la nada
¿Qué es la nada? Inequívocamente existe
porque yo nunca la he visto.
Mis manos, articuladas en teclas que duermen,
forman parte del cuerpo del delito,
su sueño suena suavemente a limbo,
el limbo, donde no existen creadores ni mundos
¿Qué hay antes de la génesis? ¿Acaso la nada?
Mis manos, articuladas en teclas que gimotean,
no hallan las incógnitas de esta ecuación,
ni siquiera las buscan.

Por arenas pavorosamente olvidadas
voy arrastrándome, como un viajero odiseico.
Muerta geografía de piedra.
Refugio para náufragos espectrales
que aspiran y suspiran por ser creadores,
abandonados a la esterilidad.
Superficies insoportablemente interminables
que no viven, no sienten, no escriben.
Descenso a unos infiernos privados,
poblados por sustancias que se quiebran.
Ellas, las Musas, me arrancaron
la esperanza en la Entropía.
Ellas, caprichosas, me negaron
la redención de cielos y esencias.
Ellas, ángeles o demonios, segaron
el maravilloso hilo de la imaginación.
Tropiezo y tropiezo, aunque sin llegar
a la decadencia de los hombres,
todavía no soy completamente azul,
puedo ganar la metamorfosis.
Añoro las precipitaciones ordenadoras,
cuando se desencadenan sucesiones
de causas que rompen con el silencio,
arquitecturas de tinta
que persiguen el acto, lo completo.

He vivido demasiados siglos azules.
Siglos en los cuales el creador se desangra,
se disuelve en la nada,
sus estertores me salpican y remueven,
sus descomunales gritos no son escuchados,
sus latido procede de un corazón laberíntico.
Veo sombras de exquisitos mundos posibles,
encerrados en un museo petrificado
y monstruosamente intocable.
Quizá sean espejismos de polvo.
Tengo sed, violenta, melancólica sed de tinta,
pero no hay fuentes desinhibidoras,
pero no hay chispas ni primeras causas,
pero no hay actuaciones,
sino malditas potencias, o más bien impotencias,
arenas pavorosamente olvidadas
que entumecen y consumen mis teclas.
Añoro las alas de la fecundidad,
que han desarrollado tantos gusanos de papel,
la seguridad en amaneceres
de nuevos mundos completados.
Quiero redescubrir esos mundos,
reunir todas las incógnitas de la ecuación,
beber un fluido espiritual,
reconciliarme con las Musas.

De Según un cazador de mariposas

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