LIV. Juegos en el cementerio

La luna llena arrojaba su luz irreal sobre los muros de piedra del antiguo cementerio. El pequeño Gabriel permanecía inmóvil. Sólo una verja oxidada que bastaba empujar le separaba de las tumbas y las cruces. Justo en aquel momento comenzó a lamentarse sinceramente de haber hecho la promesa. Había llegado al pueblo hacía unas semanas. Desde el principio los otros niños no lo habían aceptado, se burlaban de él continuamente, y sobre todo al enterarse de que era huérfano de padre y madre – nadie imagina hasta dónde puede llegar la crueldad en la infancia -. Su corta estatura, su rostro poblado de pecas y su cabello pelirrojo no lo ayudaban. Asimismo, era bastante tímido e inseguro, encerrándose en un caparazón invisible. Se había convertido en un bicho raro. Sin embargo él ansiaba ser como sus otros compañeros de clase, jugar a fútbol en el patio, participar en excursiones improvisadas, pasar su tiempo con los amigos. Era capaz de hacer cualquier cosa por conseguirlo y los demás lo sabían. Un día le propusieron entrar en una hermandad secreta. Evidentemente se trataba de una broma, pero Gabriel no se dio cuenta, o no se quiso dar. Como en toda asociación de este tipo los nuevos miembros debían pasar una prueba de acceso. En este caso consistía en aventurarse a medianoche en el viejo cementerio para recoger un determinado objeto.

Continuará

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