CLXXIII. Misterio en el Neguev

Al amanecer el rostro del general delataba una noche en vigilia, dando vueltas en la cama, levantándose a observar el cielo, y es que no podía quitarse del pensamiento lo que había sucedido hacía tan sólo unas horas, algo que se podría denominar fantástico, ya que ni él ni los demás nunca habían sido testimonios de un hecho similar. Así que ordenó que en cuanto llegaran los exploradores le avisasen inmediatamente. Deseaba conocer qué era lo que había caído en el desierto, si era un astro que provenía del mismísimo firmamento o tal vez un artefacto secreto que desafiaba las leyes de la ciencia. Sin embargo aquella jornada el tiempo fue transcurriendo lentamente, como los granos en un reloj de arena, y no hubo noticias de los dos jinetes que habían marchado. Supuso que el lugar de la caída debía de estar más lejos de lo que había calculado Máximo, seguramente sus hombres no tardarían mucho en llegar, de momento sólo podía esperar, cosa que le desagradaba profundamente hacer, siempre se había anticipado a los otros, de lo contrario no hubiese cosechado tantos y tantos triunfos en sus campañas militares.

Ni siquiera el sol abrasador pudo conseguir que Pompeyo cerrara los párpados al día siguiente, no dejaba de escrutar un horizonte de arena y vastedad, intentando hallar un mínimo rastro de los exploradores. Y volvió a anochecer sin novedades. La situación comenzaba a ponerse tensa, nadie lo decía en voz alta, pero cada uno de los legionarios se preguntaba qué diablos les había sucedido a sus compañeros. Así que el general decidió convocar una reunión extraordinaria con los altos oficiales.

– Como sabéis todos, va a hacer dos jornadas desde que partieron los exploradores, y aún no tenemos noticia de ellos. Me gustaría conocer vuestras opiniones y consejos. – Dijo el general.

– Es evidente que tanto tras la extraña bola de fuego como en la desaparición de los exploradores se oculta la mano de los árabes… – Empezó Catón.

– Pero no tenemos pruebas tangibles.- Interrumpió Máximo.

– No hace falta, estamos en guerra con ellos.- Replicó Catón.

– Ya sea de un modo u otro, conviene investigar.- Intervino Augusto.

– Ciertamente, y por este motivo propongo que dividamos la legión y enviemos una parte con esta finalidad, me ofrezco yo mismo para comandarla.- Afirmó Catón.

– No me sorprende.- Murmuró burlescamente Máximo.

– ¿Decías algo?- Preguntó Catón.

– Nada importante.- Contestó Máximo.

– Has dicho, Catón, que una parte se marcharía a investigar, ¿y la otra?- Preguntó Octavio.

– En mi opinión debería quedarse acampada esperando que llegase la otra.- Contestó Catón.

– Pero eso es absurdo, estaréis de acuerdo en que nuestro principal objetivo es la ciudad de Petra, y no debemos demorarnos en su conquista, las tribus árabes dispondrían de un tiempo precioso para armarse y reagruparse, por otro lado, me parece un gravísimo error dividir la legión, cosa que nos debilitaría, precisamente es lo que pretenden nuestros enemigos.

– Podría tratarse de una trampa.- Sugirió Octavio.

– Tal vez, por este motivo tampoco es aconsejable dividirnos, hay que actuar siempre como un bloque, compacto y sin grietas.- Afirmó Máximo.

– Estoy de acuerdo en este punto con Máximo, sin embargo creo que no deberíamos atacar Petra hasta conocer quién o qué se oculta detrás de la misteriosa esfera de fuego.- Dijo Octavio.

– Si se trata de un arma secreta tendríamos la posibilidad de estudiarla y sabríamos cómo defendernos e incluso fabricarla nosotros mismos.- Añadió Augusto.

– Ya os he comentado que no tenemos tiempo, así que no podemos detenernos en una investigación que no sabemos si traerá resultados provechosos, en cualquier caso la legión debe continuar avanzando.- Dijo Máximo.

– Continuo pensando que lo que debe hacer la legión es atacar a los árabes donde menos lo esperan y no en Petra.- Afirmó con rotundidad Catón.

Continuará

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