LVII. El hombre de Babel

Las conversaciones que tenían ambos, cuando podían, eran bastante amenas, charlaban de muchos temas, entre ellos, claro está, la Lingüística. Compartían algunas ideas como la del lenguaje universal, estaban de acuerdo en que si sólo hubiera existido una lengua no se habría producido el fenómeno de K.. Llegaron a plantearse la posibilidad de una especie de castigo divino, similar al que sufrieron los habitantes de Babel, pero fue durante unos breves segundos, ya que ambos eran hombres racionales. Entre nuestro protagonista y el doctor rumano fue surgiendo una auténtica amistad, fomentada, y nunca mejor dicho, por la comprensión. Pasaban tardes enteras jugando al ajedrez, disciplina que K. no había olvidado. La presencia del doctor se hizo también necesaria porque este hacía de traductor entre él y su esposa, lo cual nunca acabó de gustar a ella, suponemos que por una cuestión de intimidad matrimonial. El doctor se convirtió en uno más de la casa, ya no era un investigador.

Después de muchos años, cuando ya nadie se acordaba de K., se produjo algo que hizo que en el informe se catalogase su caso como enfermedad inusualmente contagiosa y desconocida, lo cual, a decir verdad, no aclara mucho la cosa. El hecho en cuestión es que un día nuestro profesor rumano comenzó a hablar en muchas lenguas, algunas de las cuales nunca había aprendido.

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