LVII. Juegos en el cementerio

Al poco empezó a llover. El pequeño Gabriel buscó y rebuscó por los alrededores en vano. La maldita caja no aparecía. Le habían exigido que encontrase una caja de madera, no le dijeron qué había dentro, no importaba. Lo importante era que demostrara su valor yendo al cementerio. Aquel objeto servía de prueba. Si volvía sin este, aún habiendo estado allí, no lo creerían y no podría entrar en la hermandad. Los miembros de la hermandad eran, según le contaron, como los caballeros de la Tabla Redonda. Intrépidos, fuertes, dispuestos para cualquier aventura. Gabriel anhelaba formar parte de ese sueño. Se imaginaba sobre un gran caballo blanco, vistiendo una reluciente armadura y con una espada de poderes mágicos en su mano. De nuevo la imaginación del niño intentaba enmascarar una realidad hecha por adultos. Tuvo que admitir al fin que él nunca sería un caballero andante, de la misma manera que los ángeles de piedra nunca lloran.

Continuará

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