LX. El puente

– Has estado sensacional.

– Bueno, para ser la primera vez que actuábamos juntos no ha estado mal.

– ¿La primera vez?

– Sí, ellos habían montado un grupo y necesitaban una cantante, hace un mes me conocieron y les gusté, la verdad es que todo ha ido muy rápido.

– Creo que tienes muchas posibilidades.

– ¿Eres productor musical?

– Oh no, perdona, no me he presentado, me llamo Marcelo y digamos que me dedico a la fotografía.

– Yo me llamo Esther.

– ¿Fumas?

– No, gracias, hace mucho tiempo que lo dejé.

La conversación continuó, hasta que se apagaron todos los focos y la verja del local bajó ruidosamente. Salieron a la calle. Se quedaron unos segundos callados, él todavía estaba buscando las palabras más adecuadas, así que ella, con naturalidad, tomó la iniciativa.

– Vivo cerca de aquí.

– Si quieres, te acompaño.

Sin duda era una chica simpática, pensó él, y sabía lo que quería, aunque tenía algo misterioso, como si ocultara un secreto que no se atrevía a contar. De todas maneras no le importaba que fuera extraña. Demasiadas noches solitarias y frías en habitaciones de pensión. Sus pasos los llevaron hasta el río. Allí se tropezaron con el puente que ya había cruzado. De nuevo se encontró pisando aquellas piedras desgastadas por el transcurso de los siglos. Sin casi darse cuenta, ella subió a la barandilla, caminando como si fuese una equilibrista. Él se puso nervioso.

Continuará

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