LXVIII. Los sónicos

Aquella mañana de lunes el despertador sonó a la hora de siempre. Las ocho menos cinco. Como siempre, lo paré de un palmetazo y me di la vuelta en la cama, concediéndome si quiera unos minutos más de sueño. Después me levanté de un salto, con un desagradable presentimiento. Las ocho y media. Maldición. Llegaría tarde a la Universidad y la profesora de primera hora no era precisamente tolerante con los alumnos impuntuales. Aquella mañana batí un récord. A las nueve menos cuarto ya me encontraba sobre el andén del metro. Aunque estábamos todavía en invierno, el sudor resbalaba por mi espalda, y es que había atravesado corriendo varias calles.

Nueve menos diez. Llegó el metro. Tras los pitidos de rutina se cerraron las puertas. Observé las agujas de mi reloj y pensé que tal vez pudiese llegar a clase antes que mi profesora. Ahora no dependía de mí. Si se producía alguna avería o retraso en el metro, todo mi esfuerzo sería por completo inútil. Ya había pasado la hora punta, los que tenían que estar en su destinación a las nueve en punto viajaban en el convoy anterior. En mi vagón no debía haber más de cuarenta o cincuenta personas, supongo que, como yo, la mayoría se habían retrasado. Saqué el reproductor de música de mi mochila y lo encendí. Escuchar música metal por la mañana siempre me ha ayudado a desperezarme.

Continuará

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