LXXII. Los sónicos

Pasamos varias paradas y los individuos no gritaron. ¿Por qué no lo hacían? ¿Estaban esperando algo? De todas maneras, lo único que realmente me importaba es que la chica que me gustaba y yo continuábamos vivos. Si salíamos de allí, quizá me atreviera a contarle lo que sentía por ella, al menos tendría la posibilidad. Pero la pesadilla no había terminado. En un momento en que observaba a los tipos siniestros noté que alguien me agarraba por el brazo. Me giré. Era ella, movía sus pequeños labios y, maldición, se había quitado los auriculares. Le pedí que se los volviera a poner. La chica no entendía nada. Insistí. Me puse muy nervioso y ella comenzó a asustarse. Intenté explicarle que se trataba de una cuestión de vida o muerte. No me hacía caso. Volví a mirar a los individuos. Sus horribles bocas se estaban abriendo. Desesperado, me abalancé sobre la chica, para ponerle los auriculares. Ella salió corriendo. De repente se quedó quieta, y en un abrir y cerrar de ojos cayó al suelo, como el resto de los viajeros. Cuando observé su rostro por última vez, unos hilos de sangre brotaban de su preciosa nariz. Luego se desintegró entre mis brazos.

Continuará

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