LXXV. La desaparición de Ambrose Bierce

El 26 de diciembre llegaron a un pueblo llamado Las puertas, en el cual existía una fortificación que hasta hacía poco había estado en manos de las tropas federales. Había mercado y las calles eran un bullicio. Los hombres de Villa estaban fatigados, después de tantas escaramuzas, necesitaban tanto descanso como diversión. Así que Bierce sugirió al caudillo mexicano que pasasen unos días allí, por otro lado, se trataba de un lugar protegido y bastante seguro. Villa aceptó como siempre. Entraron en la plaza mayor, donde les esperaba una pequeña comitiva de bienvenida, los habitantes querían dar las gracias por haber sido liberados. De repente el escritor vio un reflejo metálico en lo alto de una torre y, antes de que pudiese gritar la alarma, comenzaron a traquetear las ametralladoras. La gente se desplomaba como sacos sobre la tierra helada. Los revolucionarios corrían para ponerse a cubierto, muchos cayeron sin tan siquiera haber atravesado la plaza, las balas silbaban terriblemente por todos lados. Era una trampa mortal. Bierce se maldijo cien veces por su estupidez.

Continuará

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