LXXVI. La desaparición de Ambrose Bierce

Lo que más le preocupaba era cómo escapar, quizá porque algo en su interior le decía que nunca saldría de allí. Aunque también sabía que un viejo lobo como él había sobrevivido a más de un combate. De esta manera consiguió atrincherarse, junto a unos cuantos valientes, haciendo frente a cerca de un millar de federales. Un comandante les ofreció la posibilidad de rendirse, sin embargo Bierce, en nombre de sus compañeros, contestó que lucharían hasta la muerte y venderían muy cara su sangre. El otro se asombró, asegurando que estaban completamente locos. Luego ordenó que los aniquilaran. Unos cañonazos y el parapeto, que habían improvisado con todo lo que encontraron, se vino abajo. El veterano escritor y militar se preguntó si aquello suponía realmente su final. Con sólo una pistola esperó el ataque de toda una compañía de soldados vociferantes. Mató a cinco antes de que lo hiriesen en una pierna, incluso ya en el suelo pudo alcanzar a un par más. Cuando vació el cargador pensó que todo había terminado. Pero observó una puerta abierta y, con sus últimas fuerzas, se levantó y cojeando entró por ella. No supo por qué lo hizo, no había salida, estaba alargando lo inevitable. En aquel momento los ángulos de la habitación en que se hallaba se volvieron borrosos, creyó que se estaba mareando a consecuencia de la sangre que perdía. Después comprendió que no era ese el motivo.

Continuará

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