Rozar

Como un ángel odiosamente humano

caigo, formando espirales invisibles, aunque terribles,

atravesado sin duda por evidencias.

Soy un número,

un número que demasiado siente,

en un abismo de devastados.

Todos nuestros gritos

proceden de legiones que el hombre jamás ha soñado,

se repiten más allá de geografías,

unidos por la misma incertidumbre,

despiertan a los demás corazones

como la primera agua,

representan una vocación de apocalipsis

hecha de malditas cenizas,

conocen el valor específico de promesas y ficciones

a través de las páginas del tiempo.

Asimismo condenados

a una monstruosa burbuja de aire,

impuesta por el estado de lo correcto,

de los hipócritas equilibristas de salón,

de los magos de las estadísticas,

de los afectados vampiros engominados,

de todos aquellos, en definitiva,

que se empeñan estúpidamente en negar

la realidad que bulle en todas nuestras venas.

 

Recuerdo que fui desterrado,

recuerdo que desapareció un claustro de ensueño,

recuerdo que el edén tenía caducidad.

Entonces, sólo entonces, descubrí

un mundo eternamente de plomo.

Demasiado tarde

conocí a la reina, denominada Azar,

cuya continuidad me convirtió

en un vulgar peón,

en una marioneta de alas segadas,

en una criatura que sostiene la espera,

en un navegante de invidencias y anarquías,

en una potencia abandonada.

Un diario de supervivencias nació.

Secuencias de una particular búsqueda total.

Cada mañana poseía, y posee,

la aventura de una espada más o menos convencida,

que penetra en los mismos infiernos

¿Quién duda de la existencia de estos?

¿Acaso alguien desconoce su matemática cruel?

Mis pies épicos

han estallado de tanto pisar

y mi lengua sabe irremediablemente a sello,

no hay tregua,

no hasta este momento determinado.

 

De póquers que se inventan y cruces azules

está hecha mi odisea,

una odisea que parece no querer concluir,

como un largometraje de fantasía,

como una sucesión de batallas silenciosas,

como una angustia de alas

contra las enredaderas de la burocracia,

como un canto hacia el espejo de cada día,

como una carrera sin norte

sobre arenas metropolitanas.

Pertenezco al linaje

de los carroñeros más intelectuales y precisos,

especie en expansión,

me alimento de fragmentos puramente eventuales,

arrancados a la despiadada Azar,

apenas consiguen aliviarme,

son delicatessens,

bocanadas de salvación muy limitadas,

presagio tal vez de algo superior

que todavía no he encontrado, pero que busco

¿Qué pueda ser?

¿Cuándo, cómo, dónde?

Demasiadas incógnitas para esta ecuación.

Confieso que nunca, nunca, nunca

me han atraído las ecuaciones.

 

Un relámpago de lobos

recorre a veces mi vulnerable mente,

las palabras se afilan,

se vuelven tremendamente desviadas,

se extienden hasta la exclamación,

se divierten transportando la impotencia,

se ocultan, lejos de decadencias y sombras.

La única, mecánica, clínica certeza

es que la búsqueda continúa.

Sí, a pesar de todos los límites.

Levantarse es un desafío,

afirmo que el movimiento es la solución,

la combinatoria

lo demostrará, sin duda alguna.

No debo sucumbir ante las mareas de óxido,

no debo olvidar mi espada,

no debo creer cualquier dialéctica,

no debo imitar el avestruz,

no debo descender sino ascender,

estas son mis legislaciones, mis estrategias.

he comprendido

que los imposibles se crean y se destruyen,

no son divinidades absolutas,

la vida es la gran obra en progreso

y necesita arquitectos.

 

De Según un cazador de mariposas

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