Sobre fantasmas y corazones negros

A lo largo de mis mejillas
sal con nombre de lamentación,
derecho que posee cualquier criatura,
no hay roca
que coma, respire o duerma.
Odiosa, vertiginosamente
continúa la velocidad de la soledad,
no quiero dejarme arrastrar
hacia arenas olvidadas,
territorios donde náufragos
de barbas milenarias
caminan hacia ninguna parte,
todavía
queda tiempo que malgastar,
la sangre
se considera joven y potencial,
acto en cada movimiento,
no escasea santa paciencia
ni tampoco voluntad
forjada contra la violencia de las olas.

Demasiado fáciles
son los paraísos artificiales que existen,
prolongación agridulce,
desconoce los límites de lo humano,
solución
que apenas consigue solucionar,
muchos se han introducido
para jamás regresar,
estos viajes de capitanes sombríos
no me convencen.
Prefiero lo real,
cualquiera que sea su signo,
confío únicamente en mis manos,
movimiento,
secar yo mismo mis penas azules,
dejemos a un lado tantos engaños
acumulados en siglos de navegación,
el horizonte
es un desafío para un hombre solo
como el que llora estos versos.

Porque mi memoria no sonríe,
realidad,
podría mostrar
todo un inventario de cenizas,
de arpones incorrectos
traviesamente enviados por divinidades,
de hilos que terminan,
de quimeras de algodón
que se convierten en insomnios espinosos
sin lógica alguna.
No sirven sextantes ni propósitos,
una mano siempre fatal
vuelve a lanzar los dados,
como un bucle tétricamente premeditado,
navegar
entre cruces fantasmales y nauseabundas
no es tarea fácil,
y nunca he pensado que lo fuera,
sólo los que han enterrado
descansan.

Desde las profundidades
de una cama
invento a veces cementerios muy exquisitos,
en los cuales, pupilas heladas
de otros tiempos
me persiguen, me atraviesan,
descomposición que encierra,
nunca tan cercana y lejana
la entropía,
demostrando relatividad en cada poro.
Demasiado fáciles
son estos rumbos de apocalipsis,
no envidio en absoluto
los capitanes sombríamente desviados,
seres que caen formando espirales,
sólo venero
su épica de sal y casaca,
voluntad fantástica que desafía,
la mitología escrita en las olas
recoge todos sus avatares.

Siempre un leviatán
que de alguna forma me hizo incompleto,
la tragedia
espera a pocos movimientos
si afirmo la tentación.
Siempre las mismas heridas,
nunca he entendido qué diversión hay
en renovarlas,
acaso haya que preguntárselo
a la propia oscuridad,
que acostumbra a cobijarse
en corazones de supuestos ángeles,
como ser envenenado
por simple agua de rosas,
dulcemente estremecedor.
Siempre contra el naufragio,
superando,
la apariencia y la tempestad
son enemigas del buen navegante,
conocimiento sobre un cuaderno de bitácora.

 

De El viajero

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