XCII. Lo que no debería ser

En su larga carrera había podido ver casos extraños, pero ninguno se parecía al del señor Oliveira. Todavía recuerda aquella tarde en que lo conoció. Él era por entonces un prestigioso sicoanalista, se había licenciado cum laude en la universidad, y la prensa especializada lo mencionaba como uno de los mejores, no sólo del estado sino del mundo entero. Conseguir una visita con el doctor era una tarea difícil, había que hacer la reserva con varios meses de antelación, entre sus pacientes había incluso políticos. El señor Oliveira no esperó. Recuerda cómo le avisó su secretaria que había alguien que quería, mejor dicho, suplicaba ser visitado. Es evidente que eso iba contra toda las normas, sin embargo, aquel hombre se hallaba muy alterado, al borde de un colapso. El doctor hojeó con rapidez la agenda, lo cierto es que estaba bastante ocupado, como siempre. Se levantó y dio varios pasos por la habitación, meditando sobre el asunto. Débiles rayos de luz entraban por las persianas. Al final decidió atenderlo. Debía ser un caso importante.
– Buenas tardes.
– Buenas tardes, doctor.
– Túmbese, por favor. Cuando esté listo, comience.
– ¿Puedo fumar?
– Si eso lo tranquiliza.
El señor Oliveira cogió un paquete de tabaco del bolsillo de su americana, sacó un cigarrillo y lo encendió. Aspiró el humo con ansia, como si fuera la última vez que lo hacía. Después de una voluta azulada, carraspeó, empezando una historia inconexa y delirante.

Continuará

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