XCIII. Lo que no debería ser

– Lo he matado.
– ¿Cómo dice?
– Lo he matado, he matado a mi director.
– …
– Ahora sólo me queda una opción, usted y yo sabemos perfectamente que no soy un asesino, mi libertad tiene un precio, no soportaría vivir con una culpa tan tremenda.
– Suicidarse no tiene sentido, hay otros caminos…
– No se esfuerce, lo tengo decidido, por primera vez siento que puedo controlar mi existencia, hasta el punto de acabar con ella, ya no recibo órdenes de nadie, es maravilloso, los ídolos han caído.
Seguidamente sonó un disparo, un único y certero disparo. La casa del señor Oliveira quedó más silenciosa que nunca. Todavía humeaba un cigarrillo, el último, sin duda. Anochecía. Afuera el viento anunciaba los primeros fríos, las hojas secas, arremolinándose, cubrían las aceras, y todo comenzaba a tomar el color de la ceniza.
Por la mañana se celebró el funeral en un tanatorio de la ciudad. Fue un acto puramente protocolario, al cual asistieron un funcionario, el conserje del bloque de vecinos y, lo más asombroso de todo, el director del banco. Y es que, como siempre había pensado el doctor, hay una delgada línea entre lo que sólo soñamos y lo que hemos convenido en denominar realidad, entre lo que creemos que sucede y lo que realmente sucede.

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