XLVI. El pájaro

Alex se despertó cubierto con su propio sudor. ¿Había sido todo una pesadilla? Enseguida se giró hacia Nuria, se estaba cepillando los dientes, continuaba viva.  Reconoció la habitación. La del hostal de aquel pueblo de montaña. Estaba abierta la ventana, no importaba, era mediodía ya y hacía calor. Pensó aliviado que las cosas habían regresado a la normalidad. Sin embargo, cuando Nuria salió del cuarto de baño, estaba acariciando algo entre sus manos. Él apenas pudo preguntar. ¿Qué tienes ahí? Ella contestó abriendo las manos, que sostenían un pájaro, insoportablemente igual que el de su pesadilla. El animal, como impulsado por una cólera asesina, se lanzó contra Alex. Mientras tanto Nuria no cesaba de repetir una frase. Tenías que haberlo enterrado. Él únicamente podía defenderse y fue retrocediendo. Hasta la ventana. Sin casi darse cuenta la atravesó. Fue a parar sobre su propio todoterreno, sobre el parabrisas, que había sido cambiado aquella misma mañana.

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