XXV. En el país de los Narradores

En aquel país no había escuelas. Desde muy pequeños sus ciudadanos estudiaban en la Biblioteca. Allí estaban todos los libros. Todos significa realmente todos. Los libros que se habían escrito, los que se estaban escribiendo y los que se iban a escribir. Y estaban los libros de aquel país, los de otros países y los de otros mundos. Tampoco había profesores. Los ciudadanos leían libros y encontraban en ellos todo cuanto necesitaban. Sobre los más diversos asuntos y conocimientos. De manera que eran ciudadanos sabios, con sentido común y que disfrutaban de esa libertad.

Asimismo estaban las historias. Los ciudadanos también las leían. Formaban parte de su aprendizaje. Porque sabían que las historias enseñan. Las historias siempre nos cuentan algo que no sabemos, algo que nos puede ser muy útil, algo que podemos contar. Sin embargo no todos poseían el don de contar historias. Sólo unos pocos privilegiados. Se hacían llamar los Narradores. Una selecta hermandad que era adorada por el resto de ciudadanos de aquel país. Los Narradores pasaban la mitad de su existencia leyendo y la otra mitad contando. Su misión consistía en contar historias a la gente de los otros países y de los otros mundos. No buscaban recompensa material ni fama. Simplemente ofrecían la mitad de sus vidas para viajar y deleitar los oídos de todos aquellos que quisieran escucharlos.

Uno de aquellos Narradores viajó a un remoto y desconocido mundo. Ese mundo se llamaba Tierra. Y el viajero se convirtió en el Forastero.

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